La ataxia de Manuel Acuña

Publicado en La Jornada Veracruz

Pocas vidas nos fascinan tanto en el siglo XIX como las de los poetas; no menos de éstas son tan célebres como la de Manuel Acuña. En vista de este superfluo argumento es necesario que precise el objeto de mi observación. Sabemos de la vida del escritor a través de su muerte, la que aconteció en su habitación de la Escuela Nacional de Medicina, la madrugada del 6 de diciembre de 1873. El cuerpo fue hallado por Juan de Dios Peza en el cuarto número 13, del corredor bajo del segundo patio del edificio. Se dice que su cadáver fue inyectado por alumnos de la misma institución, y expuesto por dos días; la inhumación se programó para el miércoles 10 de diciembre.

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Javier Santa María escribió la crónica del deceso para El Siglo Diez Y Nueve. En la “Editorial” narra que el viernes 5 por la noche, Acuña estuvo en su habitación en compañía de un amigo, Juan de Dios Peza, hasta tarde, so pretexto de organizar sus archivos personales; luego, al amanecer, despidió a su acompañante y se acostó a dormir, despertando hasta la tarde del sábado. Fue en ese momento cuando tuvo que poner en orden su habitación, hacer él mismo su cama, lavarse el rostro y el cuerpo, y después escribir las cinco cartas que se encontraron: una para su madre, otra remitida a Antonio Cuéllar, dos a otras personas de su estimación y la última a Gerardo Silva. Se le vio al poeta salir a medianoche a caminar por la plaza de Santo Domingo; pocos minutos después volvió, se vistió con ropa limpia y es probable que así, trastornado por la caminata nocturna, haya escrito las siguientes líneas con errores en la redacción del original:

Lo de menos era entrar en detalles sobre la causa de mi muerte, pero no creo que le importen a ninguno; basta con saber que nadie más que yo mimo es el culpable. —diciembre 6 de 1873. Manuel Acuña. 

Olvidada entre los legajos de El Diario del Hogar del 10 de enero de 1897, encontré una nota a propósito de la primera exhumación del cuerpo en el Campo Florido, que el lector de la Hemeroteca Nacional Digital de México no puede detectar por la tipografía del título. El documento que transcribo a continuación llamó mi atención porque el autor, Dr. Manuel Flores (homónimo de otro famoso poeta), compañero de estudio de Acuña, realiza un diagnóstico post mortem de la ataxia que atormentaba al escritor durante la última parte de su vida. Esta descripción coincide con la realizada por Juan de Dios Peza, en la que se nos muestra un Acuña no sólo sin atractivo físico sino con rasgos de alguna enfermedad congénita tan cara en el siglo XIX:

…delgado de contextura, con la frente limpia y tersa, sobre la cual se alza rebelde el oscuro cabello echado hacia atrás y que parece no tener otro peine que la mano indolente que suele mesarlo; cejas arqueadas, espesas y negras; ojos grandes y salientes como si se escapara de sus órbitas; nariz pequeña y afilada; boca chica, de labio inferior grueso y caído, ornada por un bigote recortado en los extremos; barba aguzada y con hoyuelos; siempre vestido con levita obscura de largos faldones, rápido en el andar y algo dificultoso en su palabra.

He aquí, pues, un retrato poco conocido de Manuel Acuña; un retrato de aquél que, “tras de la lucha impía en que romper al cabo consiguió, la cárcel que al dolor le retenía”:

Diario del Hogar

MANUEL ACUÑA[1]

Al verle andar se comprendía que debía tener alas. La Naturaleza, al crearlo, descuidó lamentablemente sus condiciones de equilibrio. Le dio por base de sustentación dos muñones deformes, inadecuados a la marcha y a la estación de pie, siempre enfermos y siempre adoloridos. No andaba; tropezaba.Visto de lejos parecía cojo, y de cerca atáxico [2]. No había para él calzado posible y el que gastaba y apenas toleraba se lo ornaban en una piña [3]. Incapacitado de caminar en los zarzales y en los pedregales de la vida real, tomó su partido y se lanzó al espacio, entre las nubes, cerca de los astros y se hizo poeta. Todo lo que su cuerpo tenía de torpe y de pesado tenía su espíritu de ágil, de etéreo. Era un desequilibrado del cuerpo y no, como todos los poetas, del espíritu. Incapaz su humanidad de subir una escalera, su alma en cambio escalaba a menudo el cielo, y formaban el más extraordinario contraste la reputación tortuosa de su marcha con el vuelo amplio, rectilíneo y audaz de su inspiración.

Lo conocí muchos años antes de ser su amigo. Veíalo discurrir, cayendo y levantando, por los corredores del colegio, con el Nebrija cerrado bajo el brazo y los ojos abiertos del lado del cielo; pero un sentimiento de respeto me mantenía alejado de él. Había leído y admirado su “Ramera”, que nos lo reveló como poeta y no me atrevía a terciar con aquel grave hombre. En aquella época no había para mí, nada más admirable que un poeta. No pasaba día sin que intentara yo, sediento de poesía, rimar o medir un verso, y jamás podía conseguirlo. Aislado a todas las sociedades literarias de la época, veía desfilar ante mi vista asombrada toda una pléyade fácil, inspirada, profunda, que versificaba como las aves cantan o como las tormentas rugen, sin esfuerzo y sin fatiga, y de mi impotencia nacía no la baja envidia sino la más espontánea admiración. Acuña, especialmente, me cautivaba. Su versificación musical y natural, su inspiración noble y levantada, su originalidad, el sello profundamente personal de sus creaciones y sus tendencias filosóficas, constituían para mí el más admirable conjunto de dotes, y si encontrábamos más vigoroso a Sierra, más fácil a Peza, más profundo a Castelló, ninguno, a mi juicio, me parecía a la vez tan vigoroso, tan fácil, tan profundo. Con el tiempo he discernido que mi preferencia de entonces, si bien exagerada no carecía de fundamento y de explicación. Hay poetas en quienes predomina la fuerza como en Justo Sierra; otros que se caracterizan de preferencia por la gracia como Juan Peza, y otros en los que impera sobre todo el buen gusto como en Gutiérrez Nájera. Acuña a la vez era fuerza, gracia y gusto. “La Ramera”, “El hombre”, “A los muertos de la Filoiátrica”, son fuertes; “La vida del campo”, “A la luna”, son graciosos; y es del más estupendo buen gusto la melancolía dulcísima de su último soneto “A un arroyo”. Cuando pude tratarlo y conocerlo, comprendí que el hombre valía en él tanto como el poeta. Dulce, afable, corazón de oro, desprovisto de envidias, incapaz de odios, no supo sino hacerse amar y tuvo el excelso mérito de hacer enmudecer las envidias que brotaban ante su paso.

No recuerdo haberlo visto encendido de ira, ni haber visto brotar de sus labios la injuria; su sátira parsimoniosa siempre era fina y delicada, antes acariciaba que ofendía y lo amábamos tanto por su buena índole cuanto por su incontestable superioridad. Otra cualidad inestimable: jamás protestó contra la miseria ni se sublevó contra la adversidad, ni hizo a nadie confidente de sus amarguras y dolores. Parecía feliz y aparentaba vivir contento con su suerte. No tenía o lo disimulaba, conciencia de superioridad de sus méritos y jamás hablaba de sí mismo. Que había un drama terrible en su existencia, que una herida profunda sangraba en su corazón, venimos a inferirlo de su trágica muerte; pero la víspera aún sonreía y charlaba como niño. Ni una sombra de melancolía, ni un resabio de amargura, ni una lágrima, dejaron entrever su decisión firme, inquebrantable y ya antigua de morir; no traicionaron su idea fija ni sus sombríos y tenebrosos orígenes. Todavía encontró un retruécano para anunciarme su trágico fin. Habíamos convenido en que me daría escrita de puño y letra una de sus poesías: Venga usted mañana —me dijo—, y se encontrará “Ante un cadáver”.

Y así fue en efecto, al día siguiente me encontré ante un cadáver: era el suyo. Pormenor cruel: aquél estoico que murió sonriendo, lloró sin cesar después de muerto y sus mejores amigos recogieron piadosamente aquellas lágrimas, las primeras acaso que brotaron de sus ojos [4].

Diego Lima

[1] Dr. Manuel M. Flores. El Diario del Hogar. Año XV núm. 100 (domingo 10 de enero de 1897): 1. [2] Ataxia: Med. Conjunto de fenómenos nerviosos, notables por la irregularidad del progreso de las enfermedades a que van unidos, y que indican siempre una afección cerebral más o menos grave. Atáxico: Med. Dícese de lo que tiene algo de irregular, y se aplica ordinariamente a la calentura, cuyos accesos no siguen ningún tipo determinado. Gaspar y Roig. 1853. NTLLE[3] Es decir, sin espacio para los dedos. [4] Sin sentido metafórico, el macabro hecho fue consignado también por Peza: «Sea por el efecto del embalsamamiento, sea porque los tejidos se estrecharon por la rigidez, el hecho es que de los cerrados ojos del poeta estuvieron brotando lágrimas constantemente: lloraba, como lo había dicho en una estrofa: “¡Cómo deben llorar en la última hora / los inmóviles párpados de un muerto!”».

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